domingo, 17 de octubre de 2010

CAPÍTULO 12 DE "SOY EL NÚMERO CUATRO" (I AM NUMBER FOUR)

Traducido por Aurim.


HENRI Y YO FUIMOS A LA CIUDAD EL SÁBADO POR LA CABALGATA DE Halloween, casi dos semanas después de llegar a Paradise. Creo que la soledad estaba pudiendo con nosotros. No es que no estuviéramos acostumbrados a la soledad. Lo estábamos. Pero la soledad en Ohio era diferente de la de la mayoría de los demás lugares. Había un cierto silencio en ella, una cierta incomunicación.

Era un día frío, salía el sol intermitentemente a través de densas nubes blancas que se deslizaban allá en lo alto. La ciudad bullía de gente. Todos los niños iban disfrazados. Le habíamos comprado una correa a Bernie Kosar, que llevaba una capa de Superman tendida sobre el lomo, con una gran “S” sobre su pecho. Él no parecía nada impresionado por ello. Tampoco era el único perro vestido de superhéroe.

Henri y yo estábamos en la acera, enfrente de El Oso Hambriento, la cafetería que estaba a poca distancia de la rotonda en el centro de la ciudad, para ver el desfile. En su ventana principal de la fachada había pegado un artículo de La Gaceta sobre Mark James. En la foto salía él de pie sobre la línea de la yarda cincuenta en el medio campo, con su cazadora del equipo, los brazos cruzados, su pie derecho descansando en lo alto de un balón y una irónica sonrisa de superioridad. Hasta yo tuve que admitir que se le veía imponente.

Henri me vio mirando el periódico.

–Ese es tu amigo, ¿no? –me preguntó con una sonrisa. Henri ya sabía la historia, desde la cuasi pelea al estiércol de vaca o mi flechazo por su ex-novia. Desde que supo de toda esta información él sólo se refería a Mark como mi “amigo”.

–Mi mejor amigo –le corregí.

Justo en ese momento empezó a tocar la banda de música. Iba en la cabecera de la cabalgata, seguida de varias carrozas con el tema de Halloween, de las cuales una llevaba a Mark y a unos cuantos de los jugadores del equipo de rugby. A algunos los reconocí de clase, a otro no. Ellos tiraban puñados caramelos a los niños. Entonces Mark me divisó y le dio con el codo al tipo que estaba a su lado, Kevin, el chico al que di el rodillazo en la ingle en la cafetería. Mark me señaló y le dijo algo. Los dos soltaron sendas carcajadas.

–¿Ese es él? –preguntó Henri.

–Ese es.

–Parece un capullo.

–Ya te digo…

Luego vinieron las animadoras, a pie, todas de uniforme, con el pelo recogido hacia atrás, sonriendo y saludando con la mano al público.

Sarah iba junto a ellas, haciéndoles fotografías. Las sacaba en movimiento, mientras saltaban haciendo sus coreografías. A pesar del hecho de que llevara pantalones vaqueros y nada de maquillaje, ella era con mucho más guapa que ninguna de ellas. En el instituto habíamos estado mirándonos cada vez más, y yo no podía dejar de pensar en ella. Henri me vio mirándola.

Luego se volvió de nuevo hacia la cabalgata.

–Esa es ella, ¿eh?

–Esa es ella.

Ella me vio y me saludó con la mano, luego señaló la cámara como diciendo que luego vendría pero que antes quería hacer unas fotos. Yo sonreí y asentí con la cabeza.

–Bueno –dijo Henri–, desde luego puedo ver el atractivo.

Vimos la cabalgata. El alcalde de Paredise también pasó sentado en la parte de atrás de un descapotable rojo. Él también tiró más caramelos a los niños. Habría muchos niños hiperactivos hoy, pensé.

Sentí un toquecito en mi hombro y me di la vuelta.

–Sam Goode. ¿Qué hay?

Él se encogió de hombros.

–Nada. ¿Y tú, qué tal?

–Viendo la cabalgata. Este es mi padre, Henri.

Ellos se dieron la mano y Henri dijo:

–John me ha hablado mucho de ti.

–¿De verdad? –preguntó Sam con una sonrisa torcida.

–De verdad –respondió Henri. Luego hizo una pausa de un minuto y se le formó una sonrisa–. ¿Sabes? He estado leyendo. Puede que ya lo hayas oído pero… ¿Sabías que los alienígenas son la razón de que tengamos tormentas eléctricas? Ellos las crean para entrar en nuestro planeta pasando inadvertidos. La tormenta, una distracción, y los relámpagos que ves en realidad vienen de las naves espaciales que entran en la atmósfera terrestre.

Sam sonrió y se rascó la cabeza.

–¡Venga ya! –dijo.

–Es lo que he oído –replicó Henri, encogiéndose de hombros.

–Está bien –concedió Sam, más que dispuesto a hacerle el favor a Henry–. Bueno, ¿sabe que los dinosaurios no se extinguieron en realidad? Los extraterrestres estaban tan fascinados por ellos que decidieron recogerlos a todos y llevárselos a su propio planeta.

–No sabía eso –dijo Henri, negando con la cabeza–. ¿Sabías que el monstruo del Lago Ness era en realidad un animal del planeta Trafalgra? Ellos lo trajeron aquí como experimento, para ver si podía sobrevivir, y lo hizo. Pero cuando fue descubierto los extraterrestres se lo llevaron de nuevo, es por eso que nunca más fue encontrado de nuevo.

Yo me eché a reír, no por la teoría, sino por el nombre de Trafalgra. No había ningún planeta llamado Trafalgra y me preguntaba si Henri se lo había inventado sobre la marcha.

–¿Sabía que las pirámides de Egipto fueron construidas por los alienígenas?

–Eso he oído –contestó Henri, sonriendo. Eso le divirtió bastante porque, aunque las pirámides en realidad no fueron construidas por los alienígenas, sí que fueron levantadas utilizando conocimientos de Lorien y con ayuda de Lorien–. ¿Sabías que se supone que el final del mundo es el 21 de diciembre de 2012?

Sam asintió y sonrió.

–Sí, lo he oído. La supuesta fecha de caducidad de la Tierra, el final del calendario Maya.

–¿Fecha de caducidad? –me metí en la conversación–. ¿Cómo el “consumir preferentemente antes de” impresa en los cartones de leche? ¿La Tierra va a cortarse?

Me reí de mi propio chiste, pero Sam y Henri no me prestaron atención. Luego Sam dijo:

–¿Sabías que los círculos en los campos de cultivo eran originariamente herramientas de navegación para la raza alienígena de los Agharian? Pero fue hace miles de años. Hoy sólo las hacen los granjeros aburridos.

Me eché a reír otra vez. Tenía ganas de preguntar qué tipo de gente se inventaba las conspiraciones alienígenas si eran los granjeros aburridos los que hacían los círculos en los campos de cultivo, pero no lo hice.

–¿Qué hay de los Centuri? –preguntó Henri–. ¿Los conoces?

Sam negó con la cabeza.

–Son una raza alienígena que vive en el núcleo de la Tierra. Es una raza beligerante, en constante discordia unos con otros, y cuando tienen guerras civiles la superficie de la Tierra se vuelve inestable. Es por eso que ocurren cosas tales como los terremotos y las erupciones volcánicas. ¿El tsunami de 2004? Todo porque la hija del rey de los Centuri desapareció.

–¿La encontraron? –pregunté yo.

Henri negó con la cabeza, me miró a mí y luego a Sam de nuevo, que aún estaba sonriendo con el juego.

–Nunca la encontraron. Las teorías cuentan que ella es capaz de cambiar de forma y que vive en algún lugar de Sudamérica.

La teoría de Henri era tan buena que pensé que no había forma de que se la hubiera inventado tan rápidamente. Me quedé allí plantado, de verdad considerándolo, aunque nunca había oído de alienígenas llamados Centuri y aunque me constaba que no vivía nada en el núcleo de la Tierra.

–¿Sabía que…? –Sam hizo una pausa. Pensaba que Henri lo tenía perplejo, y tan pronto como esa idea saltó a mi cabeza Sam dijo algo tan estremecedor que me atravesó una oleada de terror–. ¿Sabía que los mogadorianos están de exploración en pos de la dominación universal, y que ya han acabado con un planeta y están planeando que la siguiente sea la Tierra? Ellos están aquí buscando la debilidad de los seres humanos para poder aprovecharla cuando comience la ofensiva.

Yo me quedé con la boca abierta y Henri se quedó mirando fijamente a Sam, estupefacto. Su mano se tensó alrededor de su café hasta tal punto que temí que si apretaba más estrujaría el vaso. Sam echó un vistazo a Henri, luego a mí.

–Parece que hubierais visto un fantasma. ¿Eso quiere decir que gano?

–¿Dóndes has oído eso? –pregunté. Henri me miró con tanta ferocidad que deseé haber continuado en silencio.

–De “Caminan entre Nosotros”.

Henri todavía no sabía cómo responder. Abrió la boca para hablar pero no salió nada de ella. Luego una mujer menuda de pie junto a Sam interrumpió.

–Sam –le llamó ella. Él se dio la vuelta y la miró–. ¿Dónde te has metido?

–He estado justo aquí –contestó, encogiéndose de hombros.

Ella suspiró y luego dijo a Henri:

–Hola, soy la madre de Sam.

–Henri –se presentó éste, y le dio la mano–. Encantado de conocerla.

Ella abrió los ojos sorprendida. Algo en el acento de Henri la había entusiasmado.

–Ah bon! Vous parlez français? C´est super! J´ai personne avec qui je peux parler français depuis long-tems*.




(*En francés: "¡Oh, bueno! ¿Habla usted francés? ¡Es formidable! Tengo a alguien con quien puedo hablar francés después de mucho tiempo.")

Henri sonrió.

–Lo siento. En realidad no hablo francés. Aunque sé que mi acento suena de esa manera.

–¿No? –Ella estaba desilusionada–. Diablos, ya pensaba que por fin había llegado algo de dignidad a la ciudad.

Sam la miró y puso los ojos en blanco.

–Está bien. Sam, pongámonos en marcha –ordenó ella.

Él se encogió de hombros.

–¿Vais a ir al parque y a la carroza alegórica?

Miré a Henri, luego a Sam.

–Sí, claro –contesté–. ¿Tú vas?

Él se encogió de hombros.

–Bien, trata de venir a encontrarte con nosotros si puedes –le dije.

Él sonrió y asintió.

–Okey, guay.

–Hora de irse, Sam. Y puede que no puedas ir a la carroza alegórica. Necesito que me ayudes en casa –le replicó su madre. Él empezó a decir algo pero ella se alejó.

–Una mujer muy agradable –dijo Henri con sarcasmo.



–¿Cómo te inventaste todo eso? –pregunté.

El gentío empezó a migrar hacia Main Street, lejos de la rotonda. Henri y yo los seguimos hasta el parque, donde se estaba sirviendo sidra y viandas.

–Miente durante bastante tiempo y empezarás a acostumbrarte a ello.

Asentí con la cabeza.

–Entonces, ¿qué piensas?

Él tomó una gran bocanada de aire y luego exhaló. La temperatura era lo bastante baja para que pudiera ver su respiración.

–No tengo ni idea. No sé qué pensar a estas alturas. Me ha pillado con la guardia baja.

–Nos ha pillado con la guardia baja a los dos.

–Vamos a tener que examinar la publicación de la que él saca su información, averiguar quién lo escribe y dónde está siendo escrito.

Él me miró con expectación.

–¿Qué?

–Vas a tener que conseguir un ejemplar –me dijo.

–Lo haré –le confirmé–. Pero aun así, no tiene sentido. ¿Cómo podría nadie saber eso?

–Está siendo filtrado desde algún sitio.

–¿Piensas que es uno de nosotros?

–No.

–¿Piensas que son ellos?

–Podría ser. Nunca he pensado en revisar los periodicuchos de teorías conspiranoicas. Tal vez ellos piensan que los leemos y pueden combatirnos al filtrar información como esa. Es decir… –Él hizo una pausa para pensarlo durante un minuto–. Demonios, John, no lo sé. Pero tenemos que investigarlo. No es una coincidencia, eso seguro.

Caminamos en silencio, aún un poco aturdidos, dándole vueltas en la cabeza a las posibles explicaciones. Bernie Kosar iba al trote entre nosotros, con la lengua colgando, su capa cayéndole por un lado y arrastrándola por la acera. Tuvo mucho éxito entre los niños y muchos de ellos se paraban a acariciarlo.

El parque estaba situado en la zona sur de la ciudad. En la linde, a lo lejos había dos lagos contiguos separados por una estrecha franja de tierra que llevaba al interior del bosque, más allá de éstos. El parque en sí estaba compuesto por tres campos de béisbol, una plaza de recreo y una gran carpa donde voluntarios servían sidra y trozos de pastel de calabaza. A cierta distancia había tres carros de heno a un lateral del camino de gravilla, en los que un gran letrero rezaba:

¡DATE UN SUSTO DE MUERTE!
LAS EMBRUJADAS CARROZAS ALEGÓRICAS DE HALLOWEEN
AL EMPEZAR EL OCASO
5$ PERSONA

El camino pasaba de la grava a la tierra antes de llegar al bosque, la entrada a éste estaba decorada con recortables de caricaturas de fantasmas y duendes. Parecía que las carrozas embrujadas hacían un recorrido por el bosque. Miré a mi alrededor buscando a Sarah, pero no la vi por ninguna parte. Me pregunté si vendría a esto.

Henri y yo entramos a la carpa. Las animadoras estaban a cierta distancia en un lateral, algunas de ellas pintándoles la cara a los niños con motivos de Halloween, otras vendiendo papeletas para la rifa que tendría lugar a las seis de la tarde.

–Hola, John –oí decir detrás de mí. Me di la vuelta y allí estaba Sarah, sosteniendo su cámara–. ¿Qué te ha parecido la cabalgata?

Yo le sonreí y me metí las manos en los bolsillos. Había un pequeño fantasma pintado sobre su mejilla.

–¡Eh! ¿Qué hay? –saludé–. Me gustó. Creo que me estoy acostumbrando al encanto del Ohio provinciano.

–¿Provinciano? Quieres decir aburrido, ¿verdad?

Me encogí de hombros.

–No sé, no está mal.

–¡Eh, es el pequeñín del instituto! Me acuerdo de ti –saludó ella, agachándose para acariciar a Bernie Kosar.

Él meneó la cola como un loco, saltó y le lamió la cara. Sara se echó a reír. Miré por encima de mi hombro, Henri estaba a unos seis metros, hablando con la madre de Sarah en una de las mesas de picnic. Tenía curiosidad por saber de qué estaban hablando.

–Creo que le gustas. Se llama Bernie Kosar.

–¿Bernie Kosar? Ese no es nombre para un perrito adorable. Mira esta capa. Es, tan…, tan mono.

–¿Sabes? Si sigues así voy a estar celoso de mi propio perro –le dije.

Ella sonrió y se enderezó.

–Entonces, ¿vas a comprarme una papeleta para la rifa o qué? Es para reconstruir un albergue de animales sin ánimo de lucro que quedó destruido en un incendio el mes pasado en Colorado.

–¿De verdad? ¿Cómo sabe una chica de Paradise, Ohio, de un refugio para animales de Colorado?

–Pertenecía a mi tía. Convencí a las chicas del equipo de animadoras para que participaran. Vamos a hacer un viaje y a ayudar en la reconstrucción. Ayudaremos con los animales y saldremos del instituto y de Ohio durante una semana. Es una situación en la que ganamos todos.

Me imaginé a Sarah con casco y blandiendo un martillo. La idea me trajo una sonrisa a la cara.

–Entonces, ¿estás diciendo que tengo que ocuparme solo de la cocina durante toda una semana? –Yo fingí un suspiro exasperado y negué con la cabeza–. No sé si puedo apoyar tal viaje ahora, ni siquiera aunque sea por los animales.

Ella se echó a reír y me dio un golpecito en el brazo. Saqué mi cartera y le entregué cinco dólares para seis boletos.

–Estos seis te traerán suerte –aseguró ella.

–¿Me la traerán?

–Por supuesto. Me las has comprado a mí, tonto.

Justo en ese momento, sobre el hombro de Sarah, vi a Mark y al resto de los chicos bajando de la carroza y entrando en la carpa.

–¿Vas a ir al paseo de carrozas embrujadas? –preguntó Sarah.

–Sí, estaba pensando en ello.

–Deberías ir, es divertido. Todo el mundo irá. Y de verdad que da bastante miedo.

Mark nos vio a Sarah y a mí hablando y arrugó su rostro con un ceño fruncido. Se encaminó en nuestra dirección. Con el mismo conjunto de siempre: la cazadora del equipo del instituto, pantalones vaqueros azules y pelo engominado.

–Entonces, ¿tú vas a ir? –le pregunté a Sarah.

Antes de que ella pudiera responder Mark interrumpió.

–¿Qué te pareció la cabalgata, Johnny? –preguntó él.

Rápidamente Sarah se volvió y lo fulminó con la mirada.

–Me gustó mucho –respondí.

–¿Vas a ir a la carroza embrujada esta noche, o te asusta demasiado?

Yo le sonreí.

–De hecho, en realidad voy a ir.

–¿Te dará un ataque como en el instituto y saldrás corriendo del bosque llorando como una nenaza?

–No seas imbécil, Mark –le amonestó Sarah.

Él me miraba, enfurecido. Con la multitud que nos rodeaba no había nada que él pudiera hacer sin formar una escena… Y yo no creía que él hiciera nada de todas formas.

–Todo a su debido tiempo –sugirió Mark.

–¿Tú crees?

–Y el tuyo se acerca –sentenció.

–Puede que eso sea verdad –le dije–. Pero no se acerca por ti.

–¡Basta ya! –gritó Sarah.

Ella se abrió camino entre nosotros, apartándonos el uno del otro. La gente estaba mirando. Ella miró a un lado y a otro como si se sintiera avergonzada por la atención, luego le echó un vistazo primero a Mark con el ceño fruncido, después a mí.

–Está bien, chicos. Pelearos si eso es lo que queréis hacer. Buena suerte con eso –espetó Sarah, y se dio media vuelta y se alejó.

Yo la contemplé marcharse. Mark no.

–¡Sarah! –la llamé, pero ella siguió andando y desapareció más allá de la carpa.

–Pronto –me advirtió Mark.

Yo le devolví la mirada.

–Lo dudo.

Él se retiró a su grupo de amigos. Henri se acercó a mí.

–No creo que estuviera preguntándote por los deberes de matemáticas de ayer.

–No exactamente –respondí.

–Yo no me preocuparía por él –sugirió Henri–. Parece que sólo es un bocazas.

–Yo no lo creo –disentí, y luego eché una ojeada al lugar por el que había desaparecido Sarah–. ¿Debería ir tras ella? –le pregunté, y lo miré alegando a la parte de él que una vez estuvo casado y enamorado, esa parte que aún echaba de menos a su esposa cada día, y no a la parte de él que quería mantenerme a salvo y oculto.

Él asintió con la cabeza.

–Sí –dijo con un suspiro–. Tanto como me cuesta admitirlo, es muy probable que debieras ir tras ella.


Capítulo traducido por Aurim.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias! Me está encantando la traducción!

Aurim dijo...

Muchas gracias! :D Se hace lo que se puede con el poco tiempo del que dispongo.

Anónimo dijo...

sube mas capitulos porfavor!!!!!!!!!! te lo agradecere x siempre

Anónimo dijo...

si!!!! sube mas capitulos aunque sea uno mas! esta muy bueno el libro y la pelicula ojala tambien

Anónimo dijo...

esta super bueno el libro, apoyo! aunq tengas poco tiempo sube mas capitulos

Angy dijo...

Tienes regalos en mi blog,hojala te gusta-besos y feliz finde......

Angy((Out of the Blue))

http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/10/regalos-for-weekend.html

infogames dijo...

muy buen tema

Anónimo dijo...

muchas gracias por el capitulo es muy amable de tu parte que estes bn y sigas subiendo mas capitulos.ps: soy el numero 4 es el mejor libro en la vida claro despues de la saga de crepusculo.XD

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