sábado, 9 de octubre de 2010

CAPÍTULO 11 DE "SOY EL NÚMERO CUATRO" (I AM NUMBER FOUR)


Traducido por Aurim.


LAS IMÁGENES VENÍAN A MÍ, DE FORMA ALEATORIA, NORMALMENTE cuando menos las esperaba. A veces eran pequeñas y fugaces –mi abuela sosteniendo un vaso de agua y abriendo la boca para decirme algo– aunque nunca supe las palabras porque la imagen se desvanecía tan rápidamente como había llegado. A veces duraban más, eran más realistas: mi abuelo meciéndome en un columpio. Podía sentir la fuerza de sus brazos cuando me empujaba, las mariposas en el fondo de mi estómago cuando me precipitaba hacia abajo. Mi risa transportada por el viento. Luego la imagen se iba. A veces recordaba explícitamente las imágenes de mi pasado, recordaba formar parte de ellas. Pero otras veces me eran tan nuevas como si nunca jamás hubieran sucedido.

En el salón, con Henri pasando el cristal loriano por encima de mis brazos, con mis manos suspendidas sobre las llamas, podía ver la siguiente: yo era pequeño –tres años, tal vez cuatro– corriendo por nuestro jardín delantero de césped recién cortado. Junto a mí había un animal con un cuerpo parecido al de un perro, pero con un pelaje como el de un tigre. Su cabeza era redonda, su cuerpo cilíndrico descansaba sobre patas cortas. No se parecía a ningún animal que hubiera visto nunca. Éste se agachó, listo para saltar sobre mí. Yo no podía parar de reír. Entonces saltó y traté de atraparlo, pero yo era demasiado pequeño y ambos caímos en la hierba. Forcejeamos. Él era más fuerte que yo. Luego dio un salto en el aire y, en vez de caer de nuevo sobre el suelo como yo esperaba, se transformó en un ave y salió volando a mi alrededor, cerniéndose en el aire justo lo bastante alejado de mi alcance. Dio vueltas, luego bajó, se coló por entre mis piernas y aterrizó a seis metros. Cambió a un animal que se parecía a un mono sin cola y se agachó un poco para embestirme.

Justo en ese momento se acercó un hombre. Era joven, vestido con un traje de caucho plateado y azul que se ajustaba a su cuerpo, el tipo de traje que yo había visto que llevaban los pilotos. Él me habló en un idioma que yo no entendía. Pronunció el nombre de “Hadley” y saludó con la cabeza al animal. Hadley corrió hacia él, con su forma cambiando de mono a algo más grande, algo parecido a un oso con la melena de un león. Sus cabezas estaban al mismo nivel, y el hombre rascó a Hadley bajo el mentón. Entonces mi abuelo salió de la casa. Se veía joven, aunque yo sabía que debía de tener al menos cincuenta años.

Él le estrechó la mano al hombre. Hablaban pero yo no entendía lo que decían. Luego el hombre me miró, sonrió, levantó su mano y de repente me despegué del suelo y volé por el aire. Hadley me siguió de nuevo en forma de pájaro. Yo tenía completo control sobre mi cuerpo, pero el hombre controlaba adónde iba, moviendo su mano a izquierda o derecha. Hadley y yo jugamos en el aire, él tratando de hacerme cosquillas con el pico, yo tratando de agarrarlo. Y entonces mis ojos se abrieron de golpe y la imagen se fue.

–Tu abuelo podía hacerse invisible a voluntad –oí decir a Henri, y cerré de nuevo los ojos. El cristal continuaba sobre mi brazo, extendiendo la resistencia al fuego al resto de mi cuerpo–. Uno de los Legados más raros, sólo desarrollado por el uno por ciento de nuestra gente, y él era uno de ellos. Podía hacerse a sí mismo y a cualquier cosa que tocara desaparecer completamente. Hubo una vez que él quiso gastarme una broma, antes de que yo conociera cuáles eran sus Legados. Tú tenías tres años y yo acababa de empezar a trabajar con tu familia. Venía a tu casa por primera vez desde el día anterior, y cuando subí la cuesta en mi segundo día la casa no estaba. Había un camino de entrada, un coche y el árbol, pero no la casa. Pensé que estaba perdiendo la cabeza. Continué pasando aquello de largo. Entonces, cuando supe que me había alejado demasiado, me volví de nuevo hacia allí. A cierta distancia se encontraba la casa que antes habría jurado que no estaba allí. Así que empecé a volver andando, pero cuando estuve bastante cerca la casa desapareció otra vez. Me quedé allí de pie mirando el lugar donde sabía que debía estar, pero viendo sólo los árboles de detrás del punto exacto. Así que seguí andando. Sólo a mi tercer día tu abuelo hizo que la casa reapareciera definitivamente. Él no podía parar de reírse. Nos estuvimos riendo desde ese día y durante el siguiente año y medio, desde entonces hasta el final.

Cuando abrí los ojos estaba de nuevo en el campo de batalla. Más explosiones, fuego, muerte…

–Tu abuelo era un buen hombre –afirmó Henri–. Le encantaba hacer reír a la gente, le encantaba contar chistes. No creo que hubiera una sola vez que me fuera a casa sin haberme dolido la barriga de tanto reírme.

El cielo se había vuelto rojo. Un árbol irrumpió en el aire, lanzado por el hombre vestido de plateado y azul, el que vi en la casa. El árbol descargó sobre dos de los mogadorianos, y quise celebrar la victoria. Pero, ¿qué utilidad había en celebrarlo? No importaba cuántos mogadorianos viera caer, el resultado de aquel día no cambiaría. Los lorianos aún seguirían siendo derrotados, hasta el último de ellos aniquilado. Yo aún seguiría siendo enviado a la Tierra.

–Ni una sola vez vi al hombre enfadarse. Cuando todos los demás perdían los estribos, cuando les embargaba la tensión, tu abuelo permanecía tranquilo. Era entonces cuando habitualmente soltaba sus mejores chascarrillos, y sólo con eso todo el mundo volvía a reír de nuevo.

Las bestias pequeñas fijaban su objetivo en los niños. Éstos estaban indefensos, sosteniendo aún en las manos las bengalas para la fiesta. Así es cómo estábamos perdiendo: sólo unos cuantos de los lorianos estaban luchando con las bestias, el resto estaba tratando de salvar a sus hijos.

–Tu abuela era diferente. Ella era callada y reservada, muy inteligente. Tus mayores se complementaban el uno al otro de esa manera, tu abuelo el desenfadado, y tu abuela trabajando en la sombra para que todo saliera según lo planeado.

Arriba en el cielo yo podía ver la estela de humo azul de la aeronave que nos traía a la Tierra, nos traía a nosotros Nueve y a nuestros Cuidadores. Su presencia puso nerviosos a los mogadorianos.

–Y luego estaba Julianne, mi esposa.

Lejos en la distancia hubo una explosión, esta parecía del tipo que procede del despegue de los cohetes en la Tierra. Otra nave se elevó en el aire, con una estela de fuego tras ella. Lentamente al principio, luego haciéndose más veloz. Yo estaba confuso. Nuestras naves no utilizaban fuego para propulsarse; no usaban ni petróleo ni gasolina. Emitían un pequeño rastro de humo azul que venía de los cristales que empleaban para propulsarse, nunca fuego como aquélla. La segunda nave era lenta y tosca en comparación con la primera, pero lo hizo: se alzó en el aire ganando velocidad. Henri nunca había mencionado una segunda nave. ¿Quiénes iban en ella? ¿A dónde se dirigía? Los mogadorianos gritaban y la señalaban. De nuevo, aquello les causaba ansiedad, y durante un breve instante los lorianos se levantaron.

–Ella tenía los ojos más verdes que jamás hayas visto, de un verde brillante como el de las esmeraldas, más un corazón tan grande como el propio planeta. Siempre ayudando a los demás, constantemente recogiendo animales y quedándoselos como mascotas. Jamás sabré qué fue lo que vio en mí.

La gran bestia había regresado, la de los ojos rojos y los cuernos enormes. Babas mezcladas con sangre caían de sus dientes afilados como cuchillas, tan grandes que no le cabían en la boca. El hombre de plateado y azul estaba de pie justo enfrente de ella. Trató de levantar a la bestia con sus poderes, y lo consiguió unos pocos metros, pero después ésta forcejeó y no fue más allá. El hombre la elevó de nuevo. A la duz de las lunas su rostro brillaba con el sudor y la sangre. Entonces él dobló las manos y la bestia se precipitó hacia un lado. El suelo tembló. Truenos y relámpagos colmaban el cielo, pero no les acompañaba la lluvia.

–Ella era una dormilona, y yo siempre me despertaba antes que ella. Me sentaba en el estudio y leía el periódico, hacía el desayuno, daba un paseo… Algunas mañanas volvía y ella aún seguía durmiendo. Yo estaba impaciente, no podía esperar a empezar el día junto a ella. Me hacía sentir bien con sólo estar cerca. Entraba y trataba de despertarla. Ella se echaba la manta por encima de la cabeza y me gruñía. Casi todas las mañanas, siempre lo mismo.

La bestia se sacudía pero el hombre todavía tenía el control. Otros Guardas se le habían unido, cada uno de ellos utilizando un poder sobre la colosal bestia; una lluvia de fuego y relámpagos caía sobre ella, rayos láser llegaban desde todas las direcciones. Algunos Guardas estaban haciendo daño sin ser vistos, permaneciendo alejados de todo y tendiendo abiertas las manos en suma concentración. Y entonces en lo alto se formó una tormenta colectiva, formándose y centelleando una gran nube en un cielo por lo demás despejado, con algún tipo de acumulación de energía en su interior. Todos los Guardas estaban involucrados en ello, ayudando todos a crear esa neblina cataclísmica. Y entonces un enorme rayo cayó y fulminó a la bestia en donde estaba tendida. Y allí murió.

–¿Qué podía hacer yo? ¿Qué podía hacer ninguno de nosotros? En total éramos diecinueve en esa nave. Vosotros, los nueve niños, y nosotros, los nueve Cêpans, elegidos por nada más que el lugar en el que estábamos aquella noche, y el piloto que nos trajo aquí. Nosotros, los Cêpans, no podíamos luchar, y ¿qué habría cambiado si hubiésemos podido? Los Cêpans somos burócratas, es decir, nos ocupábamos de que el planeta siguiera en funcionamiento, de enseñar, de adiestrar a los nuevos Guardas en entender y manipular sus poderes… Nunca se pretendió que fuéramos combatientes. No habríamos sido de utilidad. Habríamos muerto como el resto. Todo lo que podíamos hacer era irnos. Marcharme contigo para vivir y para un día restaurar la gloria del planeta más bello de todo el universo.

Yo cerré los ojos y cuando los volví a abrir la batalla había terminado. El humo se elevaba desde la tierra entre la muerte y la agonía. Los árboles destrozados, los bosques arrasados por el fuego, no quedaba nada en pie que pudiera salvar a los pocos mogadorianos que habían sobrevivido para contar la historia. El sol salía por el sur y se cernió un pálido resplandor sobre la tierra estéril bañada de rojo. Montones de cuerpos, no todos intactos, no todos enteros. Sobre uno de los montones estaba el hombre vestido de plateado y azul, muerto como los demás. No había marcas perceptibles en su cuerpo, pero no obstante estaba muerto.

Mis ojos se abrieron de golpe. Tenía la boca seca, sedienta.

–Vamos –dijo Henri. Me ayudó a bajarme de la mesa del salón, me guió hasta la cocina y me acercó una silla.

Empezaba a sentir las lágrimas acudiendo a mis ojos, pero traté de apartarlas parpadeando. Henri me trajo un vaso de agua y me lo bebí entero de un trago. Le di el vaso y él lo volvió a llenar. Dejé caer la cabeza, esforzándome en respirar. Me bebí el segundo vaso, luego miré a Henri.

–¿Por qué nunca me hablaste de una segunda nave? –le pregunté.

–¿De qué estás hablando?

–Había una segunda nave –le informé.

–¿Dónde había una segunda nave?

–En Lorien, el día que nos fuimos. Una segunda nave que despegó después de la nuestra.

–Imposible –replicó él.

–¿Por qué es imposible?

–Porque las otras naves fueron destruidas. Lo vi con mis propios ojos. En cuanto tomaron tierra los mogadorianos arrasaron nuestra flota. Viajamos en la única nave que sobrevivió a su ofensiva. Fue un milagro que pudiéramos salir de allí.

–Te estoy diciendo que vi una segunda nave. Aunque no era como las otras. Utilizaba combustible, le seguía una bola de fuego detrás.

Henri me miró más de cerca. Estaba esforzándose por pensar, con el entrecejo fruncido.

–¿Estás seguro, John?

–Sí.

Se echó hacia atrás en la silla y miró al exterior a través de la ventana. Bernie Kosar estaba en el suelo, mirándonos fijamente a los dos.

–Salió de Lorien –indiqué–. La vi durante todo el trayecto hasta que desapareció.

–Eso no tiene sentido –repuso Henri–. No veo cómo pudo ser posible. Allí no quedó nada.

–Había una segunda nave.

Nos quedamos un buen rato en silencio, sentados uno frente al otro.

–¿Henri?

–¿Sí?

–¿Qué iba en esa nave?

Él fijó en mí su mirada.

–No lo sé –reconoció–. Realmente no lo sé.



Estábamos sentados en el salón, con un fuego en la chimenea y Bernie Kosar sobre mi regazo. Un chispazo aislado de uno de los troncos rompió el silencio.

–¡Enciéndete! –ordené, y chasqueé los dedos.

Mi mano derecha se iluminó, no tan resplandeciente como la había visto antes, pero casi. En el corto periodo de tiempo que Henri había empezado a entrenarme, había aprendido a controlar el resplandor. Podía concentrarlo, haciéndolo más grande, como la luz de una casa, o reducirlo y enfocarlo, como una linterna. Mi habilidad para manipularlo estaba llegando más rápidamente de lo que esperaba. La mano izquierda aún era más débil que la derecha, pero estaba mejorando. Chasqueé los dedos y dije "Enciéndete" sólo para fanfarronear, pues no necesitaba hacer nada para controlar la luz, o para hacer que apareciera. Simplemente venía de dentro, con tan poco esfuerzo como mover los dedos o parpadear.

–¿Cuándo piensas que se desarrollarán los demás Legados? –pregunté.

Henri levantó la mirada del periódico.

–Pronto –aseguró–. El siguiente debería empezar dentro de un mes, cualquiera que sea éste. Sólo tienes que mantenerte pegado al reloj. No todos los poderes van a ser tan evidentes como el de tus manos.

–¿Cuánto tardarán en llegar todos?

Él se encogió de hombros.

–A veces se completan todos en dos meses, a veces lleva un año. Varía de un Guarda a otro. Pero lleve el tiempo que lleve, tu Legado más importante será el último en desarrollarse.

Cerré los ojos y me eché hacia atrás en el sillón. Pensé en mi Legado mayor, el que me permitiría luchar. No estaba seguro de qué quería que fuese. ¿Rayos láser? ¿Control mental? ¿La habilidad de manipular el clima, como había visto hacer al hombre vestido de plata y azul? ¿O quería algo más oscuro, más siniestro, como la habilidad para matar sin tocar?

Le pasé la mano por el lomo a Bernie Kosar. Miré a Henri. Llevaba un gorro de dormir y unas gafas en la punta de la nariz como una rata en un cuento infantil.

–¿Por qué estábamos en el campo de aviación ese día? –le pregunté.

–Estábamos allí por un espectáculo aéreo. Después de que terminara hicimos una visita a algunas de las naves.

–¿De verdad fue esa la única razón?

Él se volvió hacia mí y asintió con la cabeza. Tragó visiblemente y eso me hizo pensar que me estaba ocultando algo.

–Bueno, ¿cómo fue decidir que nos íbamos? –inquirí–. Me refiero a que seguramente un plan como ese no necesitó más de unos cuantos minutos para tomarse, ¿no es así?

–No lo decidimos hasta tres horas después de empezar la invasión. ¿No te acuerdas de nada?

–De muy poco.

–Nos encontramos con tu abuelo en la estatua de Pittacus. Él te confió a mí y me dijo que te llevara al aeródromo, que esa era nuestra única oportunidad. Había un complejo subterráneo bajo el campo de despegue. Él dijo que siempre había habido un plan de emergencia en caso de que sucediera algo de tal naturaleza, pero nunca había sido tomado en serio porque la amenaza de un ataque parecía absurda. Al igual que sucede aquí, en la Tierra. Si fueras ahora a contarle a cualquier humano que hay una amenaza de ataque alienígena, bueno, se reirían de ti. No era diferente en Lorien. Le pregunté cómo sabía lo del plan y él no contestó, sólo sonrió y se despidió. Tenía sentido que nadie supera realmente acerca del plan, o que sólo unos pocos lo hicieran.

Yo asentí con la cabeza.

–Y simplemente así, ¿se os ocurrió el plan de venir a la Tierra?

–Por supuesto que no. Uno de los Mayores del planeta se reunió con nosotros en el campo de vuelo. Fue él quien lanzó el hechizo loriano que marcó vuestros tobillos y os vinculó a todos, y os dio a cada uno un talismán. Dijo que erais niños especiales, niños bienaventurados, lo que asumí se refería a que teníais una oportunidad para escapar. Originalmente planeamos alejarnos con la nave y esperar fuera de la invasión, esperar a que nuestra gente respondiera a la batalla y ganase. Pero eso nunca sucedió… –Fue apagándose al hablar. Luego suspiró–. Permanecimos en órbita durante una semana. Ese tiempo fue el que les llevó a los mogadorianos despojar a Lorien de todo. Después de hacerse bastante obvio que no habría vuelta atrás, pusimos rumbo a la Tierra.

–¿Por qué no lanzó él un hechizo para que ninguno de nosotros pudiera ser asesinado, sin importar lo de los números?

–Simplemente no se puede todo, John. De lo que tú estás hablando es de invencibilidad. Eso no es posible.

Yo asentí con la cabeza. El hechizo solo no podía con todo. Si uno de los mogadorianos trataba de asesinarnos fuera del orden, cualquiera que fuese el daño que intentase, éste se invertiría y se infligiría sobre él. Si uno de ellos intentase dispararme en la cabeza, la bala atravesaría la suya. Pero ya no. Ahora si me atrapaban, yo moriría.

Me quedé sentado en silencio durante un rato pensando en todo aquello. El aeródromo. El solitario Mayor de Lorien que nos lanzó el hechizo, Lóridas, ahora muerto. Los Mayores fueron los primeros habitantes de Lorien, aquellos que lo hicieron lo que era. Al principio había diez de ellos, y contenían todos los Legados en su interior. Tan viejos, de hacía tanto tiempo, que parecían más un mito que nada basado en la realidad. Aparte de Lóridas, nadie supo lo que había sido del resto de ellos, o si estaban muertos.

Intenté recordar cómo fue orbitar alrededor del planeta esperando a ver si podíamos regresar, pero no me acordaba de nada de aquello. Podía recordar pequeñas partes del viaje. El interior de la nave en la que viajábamos era circular y abierto, aparte de los dos aseos que tenían puertas. Había camastros contra un lateral; el otro lado estaba dedicado al ejercicio y a juegos para evitar que nos sintiéramos demasiado inquietos. No podía acordarme del aspecto de los demás. No podía recordar los juegos a los que jugábamos. Recordaba estar aburrido, un año entero pasado dentro de una nave con los otros diecisiete. Había un peluche con el que dormía por las noches, y aunque estaba seguro de que mi memoria me engañaba, parecía recordar que el animal jugaba conmigo.

–¿Henri?

–¿Sí?

–Sigo teniendo visiones de un hombre vestido con un traje de color plateado y azul. Lo vi en nuestra casa, y en el campo de batalla. Podía controlar el clima. Y luego lo vi morir.

Henri asintió.

–Cada vez que viajes hacia atrás en el tiempo sólo verás esas escenas que son de relevancia para ti.

–Él era mi padre, ¿no es así?

–Sí –confirmó él–. Se suponía que no tenía por qué venir mucho, pero de todos modos lo hacía. Venía mucho por casa.

Suspiré. Mi padre había luchado valientemente, matando a bestias y a muchos de los soldados. Pero al final no había sido suficiente.

–¿De verdad tenemos una oportunidad de vencer?

–¿A qué te refieres?

–Nos vencieron con tanta facilidad. ¿Qué esperanza hay de un resultado diferente si nos encuentran? Incluso cuando todos hayamos desarrollado nuestros poderes, y cuando nos reunamos y estemos preparados para luchar, ¿qué esperanza tenemos contra cosas como esas?

–¿Esperanza? –repitió–. Siempre hay esperanza, John. Todavía tienen que presentarse nuevos acontecimientos. No tenemos toda la información. No. No pierdas la esperanza aún. Es lo último que se pierde. Cuando hayas perdido la esperanza, lo habrás perdido todo. Y aun cuando creas que todo está perdido, cuando todo sea horrible y lóbrego, siempre habrá esperanza.

.
Gracias por el capítulo a Aurim.

6 comentarios:

Angy dijo...

Ay regalos en mi otro blog,espero q te gusta-besos-y feliz finde......

http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/10/regalos-de-fin-de-semana.html

Anónimo dijo...

Muchas gracias por el regalo, Angy! Te hemos dejado un comentario en la entrada de tu precioso detalle, no ha salido publicado, o al menos no está visible. Esperamos que lo recibas y si no te volvemos a dar las gracias por aquí. Besos!! ;D

Anónimo dijo...

Se me olvidó firmar el anterior comentario, jajaja. Disculpa! Era evidente pero somos...

EL NIDO DE LIBROS

Anónimo dijo...

GENIAL!!! ojala continues subiendo los capitulos es genial el libro :D

Angy dijo...

Tienes regalos en mi blog,espero q te gustan..besos

http://checktheseblueskiesout.blogspot.com/2010/10/regalitos-para-el-fin-de-semana-para.html

Tatyana dijo...

Gracias por subir los caps!

Publicar un comentario