domingo, 30 de enero de 2011

CAPÍTULO 18 DE "SOY EL NÚMERO CUATRO" (I AM NUMBER FOUR)

Traducido por Aurim.

DESPUÉS DE DISCUTIRLO DURANTE VARIAS HORAS, Henri se levantó a la mañana siguiente e imprimió las direcciones de puerta a puerta desde allí a Athens, Ohio. Me dijo que estaría en casa lo bastante temprano para que pudiéramos ir a la cena de Acción de Gracias en casa de Sarah, y me tendió una hoja con la dirección y el número de teléfono del lugar a donde iba.

–¿Estás seguro de que esto merece la pena? –le pregunté.

–Tenemos que averiguar qué está pasando.

Suspiré.

–Creo que ambos sabemos qué está pasando.

–Tal vez –admitió, pero con toda la autoridad y nada de la incertidumbre que normalmente acompaña al mundo.

–Te das cuenta de lo que me dirías tú a mí si los papeles estuvieran a la inversa, ¿verdad?

Henri sonrió.

–Sí, John. Sé lo que diría. Pero creo que esto nos ayudará. Quiero descubrir qué ha atemorizado de tal manera a ese hombre. Quiero saber si se nos ha mencionado, si nos buscan a través de algo en lo que aún no hemos pensado. Nos ayudará permanecer ocultos, ir por delante de ellos. Y si este hombre los ha visto, sabremos qué aspecto tienen.

–Ya sabemos qué aspecto tienen.

–Conocíamos qué aspecto tenían cuando nos atacaron, hace unos diez años, pero pueden haber cambiado. Ya llevan en la Tierra bastante tiempo. Quiero saber cómo se están camuflando.

–Aunque sepamos qué aspecto tienen, para cuando nos los encontremos en plena calle probablemente ya sea demasiado tarde.

–Puede que sí, puede que no. Si veo uno, lo probaré y lo mataré. No hay garantías de que vaya a ser capaz de matarme –señaló, con la incertidumbre y nada de la autoridad esta vez.

Lo dejé. No me gustaba ni un pelo que fuera a Athens mientras yo me quedaba sentado sin hacer nada en casa. Pero sabía que haría oídos sordos a mis objeciones.

–¿Estás seguro de que volverás a tiempo? –le pregunté.

–Me voy ahora, lo que me pondrá allí sobre las nueve. Dudo que esté más de una hora, dos a lo sumo. Debería estar de vuelta para la una.

–Entonces, ¿por qué tengo esto? –le pregunté, y levanté la hoja de papel con la dirección y el número de teléfono.

Él se encogió de hombros.

–Bueno, nunca se sabe.

–Que es precisamente por lo que pienso que no deberías ir.

–Touché –dijo, poniendo fin a la discusión. Recogió sus papeles, se levantó de la mesa y se apoyó en la silla–. Te veo esta tarde.

–Okey –contesté.

Salió encaminándose hacia la camioneta y se metió dentro. Bernie Kosar y yo salimos al porche delantero y le vimos alejarse al volante. No sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento. Esperaba que regresara sin problemas.



Fue un largo día. Uno de aquellos en los que el tiempo se ralentizaba y cada minuto parecía que eran diez, cada hora parecía que eran veinte. Jugué con la videoconsola y navegué por Internet. Busqué noticias que pudieran estar relacionadas con alguno de los otros chicos. No encontré nada, lo que me alegró. Eso significaba que estábamos volando por debajo del radar. Eludiendo a nuestros enemigos.

Periódicamente comprobaba el teléfono. Mandé un mensaje de texto a Henri a mediodía. Él no contestó. Almorcé y di de comer a Bernie, y luego envié otro. Ninguna respuesta. Se me formó una sensación de nerviosismo y agitación en el estómago. Henri nunca había dejado de contestar un mensaje de inmediato. Quizás su teléfono estuviera apagado. Quizás se había quedado sin batería. Traté de convencerme a mí mismo de aquellas posibilidades, pero sabía que ninguna de ellas era verdad.

A las dos en punto empecé a preocuparme. A preocuparme de verdad. Se suponía que estaríamos en casa de los Hart en una hora. Henri sabía que la cena era importante para mí. Y él nunca se escaquearía. Me metí en la ducha con la esperanza de que para cuando saliese, Henri estuviese sentado a la mesa de la cocina bebiendo una taza de café. Abrí del todo el agua caliente y no me preocupé por el agua fría en absoluto. No sentía nada. Todo mi cuerpo era inmune ahora al calor. Se sentía como si agua tibia corriera por mi piel, y realmente echaba de menos la sensación de calor. Solía encantarme darme duchas calientes. Me quedé bajo el agua caliente hasta que se acabara, cerrando los ojos y disfrutando del agua golpeando mi cabeza y resbalando por mi cuerpo. Hacía que me olvidara de mi vida. Me permitió olvidarme de quién y qué soy durante un rato.

Cuando salí de la ducha, abrí el armario y busqué la mejor ropa que tenía, que no era nada especial: unos pantalones caquis, una camisa de botones y un jersey. Como nos habíamos pasado la vida corriendo, todo lo que tenía era zapatillas para correr, lo que era tan ridículo que me hizo reír, la primera vez que me reía en todo el día… Fui a la habitación de Henri y miré en su armario. Tenía un par de mocasines que me quedaban bien. Ver toda su ropa me hizo preocuparme más, inquietarme más. Quería creer que simplemente le estaba llevando más tiempo del debido, pero él se habría puesto en contacto conmigo. Algo iba mal.

Fui a la puerta principal, donde estaba sentado Bernie, mirando por la ventana. Alzó la mirada hacia mí y lloriqueó. Le di unas palmaditas en la cabeza y regresé a mi habitación. Miré el reloj. Acababan de dar las tres. Comprobé el móvil. Ningún mensaje, ningún aviso. Decidí ir a casa de Sarah y si no sabía de Henri para las cinco, pensaría un plan. Podía decirles que Henri estaba enfermo y que yo tampoco me sentía bien. Podía contarles que la camioneta de Henri se había averiado y que tenía que ir a ayudarle. Con suerte él aparecería y podríamos pasar simplemente una bonita cena de Acción de Gracias. En realidad sería la primera vez que pasáramos una. Si no era así, les contaría algo. Tendría que hacerlo.

Sin la camioneta decidí que iría corriendo. Seguramente ni rompería a sudar y llegaría más rápido que con la camioneta, puesto que las carreteras estarían atestadas por las fiestas. Me despedí de Bernie diciéndole que volvería a casa más tarde, y me marché. Corrí por los márgenes de los sembrados, atravesé el bosque. Sentaba bien quemar algo de energía. Esto calmó el filo de mi ansiedad. Me puse un par de veces cerca del límite de mi velocidad, lo que probablemente sería alrededor de los 100 o 110 kilómetros por hora. Era increíble sentir el aire frío azotándome en la cara. El sonido era fabuloso, el mismo sonido que oía cuando sacaba la cabeza por la ventanilla de la camioneta mientras íbamos en carretera. Me preguntaba a cuánta velocidad sería capaz de correr cuando tuviera veinte o veinticinco años.

Me detuve a unos cien metros de la casa de Sarah. No me faltaba el aliento en absoluto. Cuando me acercaba a la entrada vi que Sarah estaba mirando a hurtadillas por la ventana. Sonrió y me saludó con la mano, abriendo la puerta justo cuando yo ponía un pie sobre su porche.

–¡Eh, guapo! –saludó ella.

Me volví y miré por encima del hombro para fingir que ella estaba hablando a otra persona. Luego me volví de nuevo y le pregunté si estaba hablando conmigo. Ella se echó a reír.

–Qué tonto eres –dijo, y me dio con el puño en el brazo antes de tirar de mí para acercarme y darme un beso prolongado. Inspiré profundamente y pude oler la comida: pavo relleno, patatas dulces, coles de Bruselas y pastel de calabaza.

–Huele estupendamente –le dije.

–Mi madre ha estado cocinando todo el día.

–No puedo esperar a que llegue la hora de comer.

–¿Dónde está tu padre?

–Se retrasó. Debería estar aquí en un rato.

–¿Está él bien?

–¡Sí, no es para tanto!

Entramos y me enseñó su casa, era genial. La clásica casa familiar con los dormitorios en la primera planta, un desván donde uno de sus hermanos tenía su cuarto y todas las estancias –la sala de estar, el comedor, la cocina y la salita familiar– en la planta baja. Cuando llegamos a su dormitorio, ella cerró la puerta y me besó. Estaba sorprendido, encantado.

–He estado deseando hacer esto todo el día –confesó ella en voz baja cuando se apartó. Cuando fue hacia la puerta yo volví a tirar de ella hacia mí y la besé de nuevo.

–Y yo estoy deseando volver a besarte más tarde –le susurré. Ella me sonrió y volvió a darme con el puño en el brazo otra vez.

Nos dirigimos escaleras abajo y me llevó a la salita, donde sus dos hermanos mayores, que habían venido a casa desde la universidad para pasar el fin de semana, estaban viendo el rugby junto a su padre. Me senté con ellos, mientras Sarah iba a la cocina a ayudar a su madre y a su hermana pequeña con la cena. Yo nunca había estado muy metido en el rugby. Supongo que por el modo en el que habíamos vivido Henri y yo, nunca me había metido realmente en nada aparte de nuestra vida. Mi preocupación siempre había sido tratar de encajar allá donde estuviéramos, y luego estar preparado para marcharnos a cualquier otro lugar. Sus hermanos, y su padre, todos habían jugado a rugby en el instituto. Les encantaba. Y en el partido de ese día uno de sus hermanos y su padre estaba con un equipo, mientras que su otro hermano estaba con el otro. Se peleaban unos con otros, se picaban entre ellos, animando o gruñendo dependiendo de lo que sucediera en el partido. Era evidente que llevaban años haciendo aquello, muy probablemente durante toda su vida, y era evidente que se lo estaban pasando genial. Eso me hizo desear que Henri y yo tuviéramos algo más, además de mis entrenamientos y nuestra vida de huir y ocultarnos, que ambos compartiéramos una afición y que pudiéramos divertirnos juntos. Me hacía desear tener un verdadero padre y hermanos con los que compartir la vida.

En el descanso la madre de Sarah nos llamó para cenar. Comprobé el móvil y aún nada. Antes de que nos sentáramos fui al baño e intenté llamar a Henri, salió directamente el buzón de voz. Eran casi las cinco en punto y estaba empezando a sentir pánico. Volví a la mesa, donde estaban todos ya sentados. La mesa se veía increíble. Había flores en el centro, con salvamanteles individuales y los servicios meticulosamente situados frente a cada una de las sillas. Los platos de comida se desplegaban alrededor de la mesa, con el pavo situado frente al puesto del Sr. Hart. Justo después de sentarme, la Sra. Hart entró en la habitación. Se había quitado el delantal y llevaba una bonita falda y un suéter.

–¿Has sabido algo de tu padre? –me preguntó.

–Acabo de llamarle. Él, esto…, está tardando más de lo planeado y ha pedido que no le esperemos. Siente mucho las molestias –mentí.

El Sr. Hart empezó a trinchar el pavo. Sarah me sonreía desde el otro lado de la mesa, lo que me hizo sentir mejor durante medio segundo. Se empezó a pasar la comida y tomé una pequeña ración de cada cosa. No creía que fuera capaz de comer mucho. Mantuve el teléfono cerca, sobre el regazo, en modo vibración por si llegaba una llamada o un mensaje. Sin embargo, con cada segundo que pasaba, dejaba de creer que fuera a llegar nada, o que volviera a ver a Henri nunca más. La idea de vivir solo –con mis Legados desarrollándose, y sin nadie que me los explicara o me entrenase, huyendo solo, ocultándome solo, de seguir solo adelante, de luchar contra los mogadorianos, luchar con ellos hasta derrotarlos o que me ellos me mataran– me aterrorizaba.

La cena duró una eternidad. El tiempo pasaba lentamente otra vez. Toda la familia de Sarah me acribillaba a preguntas. Nunca me había encontrado en una situación en la que tanta gente me preguntara tantísimas cosas en tan corto periodo de tiempo. Me preguntaron acerca de mi pasado, de los lugares en los que había vivido, acerca de Henri, de mi madre…, de quien dije, como siempre había hecho, que había muerto cuando era muy pequeño. Esa fue la única respuesta de las que di que era mínimamente un ápice de verdad. Ni siquiera tenía idea de si mis respuestas tenían sentido. El teléfono sobre mis piernas parecía pesar una tonelada. No vibraba. Sólo permanecía allí.

Después de la cena, y antes del postre, Sarah nos pidió a todos que saliéramos al jardín trasero para que ella pudiera hacer algunas fotografías. Cuando salíamos, Sarah me preguntó si algo iba mal. Le dije que estaba preocupado por Henri. Ella trató de calmarme diciéndome que todo estaría bien, pero no funcionó. Si acaso, me hizo sentir peor. Intentaba imaginar dónde estaba y qué estaba haciendo, y la única imagen que me venía era de él ante un mogadoriano, con aspecto aterrado y sabiendo que estaba a punto de morir.

Mientras nos reuníamos para las fotografías, empecé a sentir pánico. ¿Cómo podía llegar hasta Athens? Podía correr, pero podía ser difícil encontrar el camino, sobre todo porque tendría que evitar el tráfico y mantenerme alejado de las carreteras principales. Podía tomar un autobús, pero eso llevaría demasiado tiempo. Podía preguntarle a Sarah, pero eso implicaba una enorme cantidad de explicaciones, incluido el contarle que yo era un alienígena y que creía que Henri había sido capturado o asesinado por extraterrestres hostiles que estaban buscándome para poder matarme. No era la mejor idea.

Mientras posábamos tuve el impulso desesperado de marcharme, pero tenía que hacerlo de tal manera que no hiciese que Sarah o su familia se enfureciese. Me concentré en la cámara, mirando directamente a esta mientras trataba de pensar en una excusa que despertara la menor cantidad de preguntas. Ya estaba muerto por la desesperación. Me empezaron a temblar las manos. Las sentía calientes. Bajé la mirada a ellas para asegurarme de que no estaban brillando. No lo hacían, pero cuando volvía a alzar la mirada vi que la cámara estaba agitándose en las manos de Sarah. Supe de algún modo que era yo quien estaba haciéndolo, pero no tenía ni idea de cómo o qué podía hacer para detenerlo. Me subieron escalofríos por la espalda. La respiración se me quedaba retenida en la garganta y en ese mismo instante la lente de la cámara se resquebrajó haciéndose añicos. Sarah gritó, luego tiró la cámara y se quedó mirándola, confundida. Tenía la boca abierta y se le llenaban los ojos de lágrimas.

Sus padres se apresuraron hacia ella para comprobar si estaba bien. Yo sólo me quedé allí parado en estado de shock. No estaba seguro de qué hacer. Lo sentía por su cámara y por el susto que se había llevado ella con aquello, pero también estaba entusiasmado porque era evidente que mi telequinesis había llegado. ¿Sería capaz de controlarla? Henri estaría fuera de sí cuando se enterara. Henri. El pánico regresó. Apreté los puños. Tenía que salir de allí. Tenía que encontrarlo. Si lo tenían los mogadorianos, y esperaba que no fuera así, mataría a todos esos malditos para hacer que regresara.

Pensándolo rápidamente, me acerqué a Sarah y la aparté de sus padres, que estaban inspeccionando la cámara fotográfica para descubrir qué acababa de pasar.

–Acabo de recibir un mensaje de Henri. De verdad que lo siento, pero tengo que irme.

Ella estaba claramente distraída, paseando la mirada de mí a sus padres.

–¿Está bien?

–Sí, pero tengo que irme… Él me necesita. –Ella asintió y nos dimos un ligero beso. Esperaba que no fuese la última vez.

Les di las gracias a sus padres y sus hermanos y me marché antes de que pudieran hacerme demasiadas preguntas. Atravesé la casa y tan pronto como salí por la puerta, empecé a correr. Tomé el mismo camino hacia casa que había tomado antes para ir a la de Sarah. Me mantuve alejado de las carreteras principales, corriendo a través del bosque. Estuve de vuelta en pocos minutos. Oí a Bernie Kosar arañando la puerta mientras yo subía a la carrera el camino de entrada. Estaba claramente inquieto, como si también pudiera sentir que algo no iba bien.

Me fui directo a mi habitación. Saqué de la mochila el trozo de papel que contenía el número de teléfono y la dirección que Henri me había dado antes de marcharse. Marqué el número. Saltó una grabación: “Lo siento, el número al que está llamando ha sido desconectado o ya no está en servicio.” Bajé la mirada al trozo de papel y marqué el número otra vez. La misma grabación.

–¡Mierda! –grité y le di una patada a una silla, que atravesó volando la cocina llegando hasta la sala de estar.

Entré en mi habitación. Salí. Volví a entrar otra vez. Me miré en el espejo. Tenía los ojos enrojecidos; habían aparecido lágrimas pero no derramaba ninguna. Me temblaban las manos. Me consumían la ira, la rabia y un terrible miedo a que Henri estuviera muerto. Cerré los ojos con fuerza y dirigí toda la rabia al fondo de mi estómago. En un repentino estallido proferí un grito, abrí los ojos y extendí las manos con fuerza hacia el espejo, y el cristal se hizo pedazos aunque yo estaba a tres metros. Me quedé mirándolo. La mayor parte del espejo aún seguía sujeto a la pared. Lo que había sucedido en casa de Sarah no había sido una casualidad.

Miré los añicos de espejo sobre el suelo. Levanté una mano frente a mí y mientras me concentraba en un fragmento en particular, intenté moverlo. Mi respiración estaba controlada, pero todo el miedo y la furia permanecían en mí. Miedo era una palabra demasiado simple. Terror, eso era lo que sentía.

El trozo de espejo no se movió al principio, pero después de quince segundos empezó a temblar. Lentamente al principio, luego con rapidez. Y entonces me acordé. Henri había dicho que normalmente eran las emociones las que desencadenaban los Legados. Seguramente era lo que había sucedido en ese momento. Puse todas mis fuerzas en levantar el pedazo de cristal. Me brotaron gotas de sudor de la frente. Me concentré con todo lo que tenía y con todo lo que era a pesar de todo lo pasado. Me esforzaba por respirar. Con mucha lentitud el fragmento de espejo comenzó a elevarse. Unos centímetros. Estaba a medio metro sobre el suelo, y seguía subiendo, con mi brazo derecho extendido y moviéndose con él hasta que el trozo de cristal estuvo a la altura de mis ojos. Lo sostuve allí. Pensé que ojalá Henri hubiera podido ver aquello. Y en un abrir y cerrar de ojos, se extinguió el entusiasmo de mi recién descubierta felicidad, y regresaron el pánico y el miedo. Miré el fragmento, la manera en la que reflejaba la pared recubierta de paneles de madera con aspecto anticuado y destartalado sobre el cristal. Madera. Antigua y destartalada. Y entonces mis ojos se abrieron más de lo que lo habían hecho en toda mi vida.

¡El Cofre!

Henri lo había dicho: “Sólo nosotros dos juntos podemos abrirlo. A menos que yo muera; en tal caso podrás abrirlo tú solo.”

Tiré el trozo de cristal y salí a la carrera del cuarto para entrar en el de Henri. El Cofre estaba en el suelo, junto a su cama. Me hice con él, corrí hacia la cocina y lo solté sobre la mesa. El cierre con la forma del emblema de Lorien estaba devolviéndome la mirada.

Me senté a la mesa y me quedé mirando la cerradura. Me temblaba el labio. Traté de tranquilizar mi respiración pero fue inútil; mi pecho subía y bajaba como si acabara de terminar los cien metros lisos. Me daba miedo sentir el clic bajo mi mano. Inspiré profundamente y cerré los ojos.

–Por favor, no te abras –supliqué.

Agarré la cerradura. Apreté con tanta fuerza como pude, conteniendo la respiración, con la vista borrosa y los músculos de mi antebrazo tensados. Esperando el clic. Sosteniendo el cierre y esperando el chasquido seco.

Sólo que no hubo clic.

Lo solté, me dejé caer en la silla y me agarré la cabeza con las manos. Un pequeño atisbo de esperanza. Me pasé las manos por el pelo y me enderecé. A un metro y medio había una cuchara usada sobre la encimera. Me concentré en ella, extendí una mano por delante de mi cuerpo y la cuchara salió volando. Henri habría estado tan contento. Henri, pensé, ¿dónde estás? En algún lugar, y aún vivo. Y voy a ir a por ti.

Marqué el número de Sam, el único amigo además de Sarah que había hecho en Paradise, el único amigo que había tenido, para ser sincero. Él contestó a la segunda señal.

–¿Diga?

Cerré los ojos y me pellizqué el puente de la nariz. Inspiré profundamente. El temblor había regresado, si es que había desaparecido alguna vez.

–¿Diga…? –volvió a decir otra vez.

–Sam.

–¡Hey! –saludó entonces–. Suenas fatal. ¿Estás bien?

–No. Necesito tu ayuda.

–¿Qué? ¿Qué ha pasado?

–¿Hay alguna manera de que tu madre te acerque?

–Ella no está aquí. Está haciendo turno en el hospital porque le pagan el doble en festivos. ¿Qué pasa?

–La cosa va mal, Sam. Y necesito ayuda.

Otro silencio, después:

–Llegaré allí tan rápido como pueda.

–¿Estás seguro?

–Te veo ahora.

Colgué el teléfono y dejé caer la cabeza sobre la mesa. Athens, Ohio. Era donde estaba Henri. De alguna manera, de algún modo, era adonde yo tenía que ir.

Y tenía que llegar allí rápido.


Traducido por Aurim.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

¡No puedo esperar para seguir leyendo!¿Henri?, me da mala espina aiss, gracias por la traducción!!, ni la editorial lo hubiera hecho mejor, espero con impaciencia... y gracias otra vez!!:)

Silvery dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Silvery dijo...

Sí, gracias de nuevo. Seremos pacientes XD
Un bsazo!

Anónimo dijo...

oye! el siguiente capitulo para cuando??? qe esta muy interesante!!!!

butter dijo...

gracias por el capi!!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

hey muchas gracias por los 18 capitilos q has traducido !
espero q pongas los demas !!!!
aqui esperamos .

Anónimo dijo...

MIL GRACIAS por traducir el libro, e buscado por todos lados y este es el unico sitio que lo esta traduciendo y de buena manera, me e leído los 18 capítulos de corrido y ahora estoy súper metido. ahora q tengo q detenerme y esperar nose que hacer xD... que paso con henri D:

x cierto si supuestamente el libro sale publicado en epañol el 1o de febrero, cuanto es el tiempo aproximado que el libro sale a la inter?

de nuevo mil gracias :D

paoo♥ dijo...

muuuuuuuuuuuuchas gracias! por la tradu :DD estoy happy happy no lo ayaba por ningun lado !

Anónimo dijo...

Ahhhhhhhhh que bueno esta este capitulo!!! quiero leer el otro capitulo y quiero ver la pelicula!° gracias por traducirlo

Anónimo dijo...

hey la pelicula la estrenan el 4 de marzo y quiero leer primero el libro antes de ver la pelicula :s si alguien encuentra el libro traducido completo porfa avisen!!

Anónimo dijo...

Muchas Muchas gracias por publicar los capítulos te juro que estan geniales no sabes cuanto me has ayudado espero que subas los otros capítulos super mega ultra rápido!! hhahaha mil mil mil gracias!!!!

Anónimo dijo...

gracias amigo por este blog peroporfavor cualga las demas me muero de por leerlas gracias :D

iMad dijo...

Gracias por tu trabajo y dedicación, me ha encantado leer parte del libro después de la peli, y seguro que no soy el único que tiene ganas de seguir leyendo, así que com ya han dicho antes, cuelga las demas que me muero de ganas por leerlas ^^. Gracias de nuevo

Anónimo dijo...

yy ell 20?

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